Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de septiembre de 2012

Entre pulmones y el esternón


Sé que tú también lo sientes, tan profundo y voraz, en esos momentos en que ya no escuchas nada y el silencio pesado y espeso cae encima de tus hombros cortándote el aliento. Nos comprime sobre nosotros mismos y sólo queremos gritar expandiendo los brazos, romper el aire cristalizado alrededor de nuestra carne, atraído inclementemente por el vacío, tan profundo y voraz, que con tanta prisa y desesperación pretendemos llenar en cada una de nuestras pequeñas acciones; o intentamos por lo menos ignorar.
Es en el pecho que, yo lo sé, tú también lo sientes. Cuando todo calla, cuando nada se mueve y te quedas sin pretextos para olvidarlo. Es entonces que lo siento cristalizar el aire y me sofoca, y es con esta tinta que grito expandiendo los brazos. Y es cuando el cristal rechaza el quebranto que el silencio se sublima con tu voz llamando mi nombre, regalándonos de nuevo una excusa para olvidarlo todo, al menos por un instante que se eterniza en tus labios.

lunes, 8 de febrero de 2010

Delirium Tremens

Bañado en sudor, con las sábanas revueltas y un jadeo de carrera kilométrica. Tenía la garganta seca y, en un estado entre sueño y realidad, se las arregló para tomar un poco de agua. Con los ojos entrecerrados, tanteó el camino de vuelta a su cama, en medio de las ilusorias serpientes atraídas por ratas gigantescas, revueltas con cucarachas y la ropa tirada en el suelo. El zumbido del letrero neón del motel y el crepitar de aquel fuego infernal, junto a sus fulgores naranjas y las sombras alargadas sobre la pared, creaban un ambiente etílico, una intermitencia entre sueño y delirio, mezclado con la realidad de los olores nauseabundos en esa sucia habitación, apestada de alcohol y sexo.
Sin poderse despertar ni lograr dormir, las difusas figuras aparecían y se desvanecían con el sonido de los camiones, atrapadas en el limbo de su inconsciencia, martirizándolo como a quien la promesa de la muerte se aleja, extendiendo su tortura.  
Sofocado por el aire rancio, corrió hasta la ventana tropezando con sus pies para abrirla torpemente. El viento frío refrescó su desnudez y alivió la habitación de sus humores fétidos.
Encendió un cigarrillo, observando los fuegos fatuos sobre la carretera, mientras una prostituta raquítica entraba al cuarto de al lado, seguida por un hombre canoso de ostentoso traje.
Contemplaba las luces pasajeras del tráfico y quedó paralizado con la visión que permaneció quieta ante sus ojos. La silueta que lo observaba le resultaba escalofriante, y en un arrebato cerró la ventana.
Intentó relajarse, pero su mente repleta de aberraciones se lo impidió. Le puso seguro a la puerta y cogió una barra de hierro, para luego quedarse sentado en la cama, mirando fijamente la entrada con el propósito de resguardarse de la silueta que seguramente lo perseguía.


En la oscuridad de la cueva, percibió unos ojos verdes con aliento sulfúrico.  Se detuvo, sin hacer ruido, pasando desapercibido. El dragón tenía un brillo misterioso en los ojos, que resplandecían como esmeraldas. Sigilosamente apuntó contra la bestia y, con el estruendoso ruido de una bocina, se percató de que el sueño había triunfado. Los resortes chirriando en la habitación contigua distrajeron su atención unos instantes. Buscó la botella de Vodka y tomó un largo trago. Poco a poco iba recordando fragmentos de la noche y se estremeció al pensar en la silueta que lo miraba fijamente.
- Viene por mí. Me está buscando.
Recorrió la cortina y esperó volver a verla. Nada. No estaba allí. El sonido de una puerta cerrándose lo sobresaltó e hizo que se voltee. Sólo vio oscuridad. Dio unos pasos hacia delante y se sintió caer, interminablemente, al fondo de un abismo junto a fieras monstruosas y amorfas, sintiendo agua helada recorrer su espinazo. El frío atravesó su cuerpo entero, sintió mil agujas clavadas en la piel y una espada penetrar su estómago. Tiritaba recostado en el piso, con dolorosos escalofríos. 
Tenía todos los miembros acalambrados y las alucinaciones torturaban sus pensamientos; escapaban de él por sus ojos y boca. Vomitaba bilis y engendros, retorciéndose y acumulando rabia. Las criaturas lo apuntaban acusantes, revoloteando a su alrededor entre fétidos murmullos.
No encontró más opción que encarar sus daimones y al entornar su vista hacia ellos, vislumbró la silueta que tanto temía. Rodeada por el opaco brillo de coloridos fuegos fatuos, la mujer estaba parada frente a él, batiendo sus enormes alas negras, creando un viento que le flagelaba el rostro. Se atormentaba a sí mismo, esperando que la muerte se apiade de él y cobre su vida, liberándolo de la impasible mujer que tenía en frente, cuya silueta paralizaba su cuerpo y mutilaba los escasos vestigios de voluntad que le quedaban.
Sus gélidos ojos lo miraban fijamente y penetraban su alma, reclamando con dulce y amarga voz. Consumido por el pánico, entrecerró los ojos irritados y lacrimosos. Su vista se nublaba y poco a poco la imagen se desvaneció.


Despertó al amanecer, bañado en sudor, con las sábanas revueltas y un jadeo de carrera kilométrica. Tenía la garganta seca y la cabeza adolorida, cuando alguien tocó la puerta. Se puso algo de ropa y atendió al impaciente golpeteo. Desde el otro lado del umbral, el gerente reclamó que abandone el cuarto. Su pareja de la noche debió de salir mientras él dormía, dejando un espacio vacío en la cama y en sus bolsillos. Terminó de vestirse y recogió las pertenencias que le quedaban. Buscó las llaves de la habitación y se detuvo de pronto. Se acercó a la mesa de noche, de donde recogió las llaves,  observando con un familiar y misterioso temor aquella pluma negra que yacía flagelante, impasible.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Papalote

Se estaba mirando en los coloridos cristales de un ventanal; una imagen vaga, distorsionada por las líneas del diseño y los reflejos del sol. Un retrato poco fiable, se dijo, continuando su incesante búsqueda. Se había visto en su viaje de innumerables y diversas formas: alto, bajo, opaco, colorido… pero no encontró una sola en la que pudiera confiar; visitó tantos lugares, conoció tantas cosas… cosas fabulosas y únicas, pero ninguna que se pareciera a él.

Ya era hora de volver a su nido, pues no había nadie que cuidara los huevos y faltaba poco para que el sol se oculte tras las montañas. Al llegar a la cornisa donde lo construyó, se sentía abatido por sus circunstancias y por no poder encontrarse dentro de su propio ser por mucho que se buscase, pensando en las tantas y tan diversas formas en las que se vio en innumerables reflejos a lo largo de su vida. En medio de sus reflexiones, sus ojos se toparon con un destello al otro lado de la ventana: era el brillo de un espejo. Otro reflejo mentiroso, pensó, pero luego pudo vislumbrar algo más, fuera de lo obvio que cualquiera podría ver, que se imprimió en su mente con incandescente furia. Poco a poco, se hacía visible la nefasta imagen de una tumba, la suya, rodeada de unas pocas flores marchitas en medio de un páramo desolado y lleno de vacío. Las huellas de su último visitante borradas por el viento que siseante e impío anunciaba la eterna soledad y el nombre grabado en la piedra se desvanecía con el tiempo inexorable y fatal, sumiéndolo en las entrañas del olvido.
Lleno de lágrimas, Papalote vio en el espejo cómo los huevos se rompían, y a los seres que surgían de ellos irse volando. Eran todo lo que tenía, esos seres ajenos a sí, y se fueron volando.

Al fin había logrado verse, pero la imagen no le provocó más que amargura y congoja, como si hubiera sido desterrado de su vida y condenado a existir sin futuro ni pasado, sin noción de su presente o siquiera un indicio de sentido. Deambulando toda la noche, llegó al amanecer a las orillas de un gran lago, donde algunos niños jugaban con cometas coloridas en el cielo. Papalote, así me llamaron, como este pedazo de papel que se mueve acorde a los caprichos de aquel niño, sin el menor rastro de voluntad en sus acciones, puede volar pero a requisito ajeno, jamás por si mismo o a su propio antojo. Absorto en sus reflexiones, por poco no advirtió algo que, pese a estar siempre presente, nunca le dio la importancia necesaria. Era él, reflejado en la calma superficie del agua. Miró aquel colorido pico de tucán, las largas patas de flamenco, su cacatuezca cresta, el collar de plumas negras, la cola como de pavo real, y por último, vio sus alas, enormes y poderosas, pero que nunca alcanzaron su potencial y reprimidas siempre por una noción de dependencia. Esas alas pedían a gritos que las notaran, y al fin se escucharon sus súplicas, en un instante de frenesí se desplegaron en toda su envergadura y Papalote emprendió vuelo en el cielo inundado de cometas, con la infinita emoción de saberse a si mismo.